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Sudáfrica: en busca de los cinco grandes en Pilanesberg

En dos días y cuatro safaris, encontramos en el magnífico Parque Nacional Pilanesberg de Sudáfrica, mucho más que los cinco grandes. Disfrutamos de las instalaciones maravillosas de dos de los lodges de Legacy Hotels & Resorts y aprendimos junto a sus rangers sobre la naturaleza y un inconmensurable amor por África.

Los safaris requieren entrenamiento. En el primero, quizá solo estés atento al horizonte y al resto del grupo –si es que tienen algo más de experiencia– o al ranger –que con certeza tiene mucha más– cuando súbitamente señala o mira hacia un punto determinado.

LA GENTE DE LOS HIPOPÓTAMOS.

El vehículo del Bakubung Bush Lodge, de Legacy Hotels & Resorts, circula por Pilanesberg, un Parque Nacional de 57 mil ha. a unas dos horas de carretera desde Johannesburgo, ideal para aprovechar mejor los días en Sudáfrica. Se trata, además –y a diferencia de otros parques más lejanos y famosos– de una zona libre de malaria, lo cual nos evita tomar medicación. Lo rodean increíbles lodges con vista directa a los parques y a su fauna. Como Bakubung, donde hace poco dejamos nuestra maleta en una deslumbrante habitación con terraza frente al Parque que rodea un pozo de agua. Nos espera un delicioso almuerzo buffet en el Marula Grill Restaurant, con un deck con vista directa a los animales que se acercan a beber.

Y finalmente nos embarcamos en nuestro primer “game drive”. El vehículo, decíamos, es elevado, y acomoda a una veintena de pasajeros que, desde allí, pueden ver a la distancia.

El objetivo de cualquier safari es ver animales, pero particularmente encontrar a los “big five” –elefante, rinoceronte, búfalo, león y leopardo–, que los viajeros intentan capturar cámara en mano. A ellos se suman jirafas, hipopótamos, cebras, cocodrilos, monos, hienas, antílopes de diferentes tipos, aves, reptiles y una extensa lista.

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Las jirafas suelen moverse con otros animales por el territorio del parque.
Las jirafas suelen moverse con otros animales por el territorio del parque.

La primera salida nos permite ser moderadamente optimistas: jirafas, cebras, una parada en un mirador donde bajamos a tomar una cerveza con snacks. También un atardecer africano que queda grabado para siempre en la memoria y hace que una parte de nosotros prometa amor eterno a ese continente mágico y desconocido. En el camino de vuelta abundan los kudus –antílopes de gran tamaño– y las gacelas –springboks–.

Después de una completa cena, el cansancio se hace sentir, y la habitación del Bakubung nos espera con una tina de agua tibia. Luego, la idea es sentarse en el exterior a disfrutar de la tranquilidad de la noche. Sin embargo, a pasos de esa terraza, separada del parque por una frágil cerca de alambres, los animales aparecen al resguardo de la oscuridad. Desde otra habitación se dispara un flash y queda claro: se trata de un grupo de hipopótamos, cuyos ojos brillan en la oscuridad. Bakubung significa “la gente de los hipopótamos”, recordamos. Estas enormes criaturas que pasan el día sumergidas para proteger del sol su delicada piel, salen de noche a comer, a beber y a estirar las patas. En apariencia apacibles, son los animales más peligrosos de Sudáfrica: se cobran cada año más vidas humanas que ningún otro.

MI SAFARI.

La mañana comienza fría sobre Pilanesberg y cada game drive es distinto. “Mi safari no es para encontrar animales”, se presenta nuestro ranger: “Pueden hacer cualquier pregunta, pedirme que pare para fotografiar cualquier cosa, un paisaje, una piedra o un insecto”. En el camino se cruza un jabalí, seguido de otro y otro más. “Pumbaa”, señala el ranger. Cruzamos un río y el camión se detiene sobre un puente. El paisaje es doblemente bello reflejado en las aguas donde asoman unos ojos redondos. Es un grupo de hipopótamos que, con la salida del sol, ya se ha ubicado en su fresca porción de agua.

Después del refrigerio de la mañana, aparece el primero de nuestro 5 grandes: un rinoceronte. Más adelante, el búfalo es el segundo tilde en nuestra lista de gigantes. Y parece que será un gran safari, porque por un camino lateral y angosto, nos encontramos con un grupo numeroso de elefantes: es fascinante verlos mover sus trompas, alimentarse, rozarse y comunicarse. Podríamos permanecer allí durante horas, pero es momento de regresar.

El Bakubung Lodge nos invita a disfrutar de sus instalaciones: hay que elegir entre una tranquila piscina, tomar algo en el bar, disfrutar del Spa, o presenciar una exhibición sobre serpientes en el Wildlife Center. A menos que justo enfrente de nuestro cuarto haya un imponente kudú que nos deje allí extasiados, mirando.

KWA MARITANE Y EL REFUGIO.

Al lado de otra de las entradas de Pilanesberg está Kwa Maritane. Se trata de otra propiedad de Legacy Hotels & Resorts, definitivamente pensada para familias. Si cree que Sudáfrica no es un buen lugar para los chicos, este lodge lo convencerá de lo contrario en pocos minutos. Hay safaris para niños en compañía de guías especializados que les explican más sobre la naturaleza y su conservación, un amplio Kid´s Club, piscinas y juegos pensados para ellos, además de un espectacular restaurante vidriado con varios niveles, desde cuyas mesas se puede ver a muchos animales de cerca.

Y también hay algo único e increíble: un búnker de avistamiento. Desde el interior del hotel se camina por un largo pasillo bajo tierra hasta una sala con banquetas y una ventana de poca altura que permite asomarse a centímetros de los animales que beben para espiarlos sin ser vistos. Varias cámaras de circuito cerrado nos muestran la aguada en la TV del cuarto, de manera que podamos acercarnos en cualquier momento para tener una platea privilegiada.

Pero llega el safari de la tarde. “Ayúdenme a mirar porque estoy conduciendo y puedo no ver algunas cosas. Pueden gritarme “stop” cuando vean un animal, pero no lo hagan si ven un impala o una cebra, porque a esos quiero verlos realmente de cerca. Eso sí: no se bajen del camión, porque si lo hacen son parte del menú”. El estilo del nuevo ranger promete emoción. Nos internamos en el parque pensando en que todos somos posibles presas. Sin embargo, sobrevuela en Sudáfrica la certeza de que el universo conspira a cada minuto para que volvamos a casa sanos y salvos.

Este safari nos depara un poco de todo: más jirafas, cebras, elefantes y antílopes. Pero el ranger quiere más. Hay un gran grupo de leones merodeando por la zona. Y los busca, con olfato ansioso de cazador. Se interna por caminos no habituales, rodea el parque, pero no están por allí. Cae la noche, y nos espera otra sorpresa: el boma.

Un boma es una cena bajo el cielo africano, en un circulito dibujado en el parque con una cerca de madera. Es una parrillada, con grandes fuegos y muchas guarniciones, habitualmente acompañada por música y bailes típicos, que termina el día poniéndole un broche de oro.

ADIÓS A ÁFRICA.

Amanece y es mi último safari antes de partir: estoy satisfecha, sólo han faltado los felinos. “¿Ya hicieron varios games? Entonces vamos a ahorrarles las explicaciones. Si alguien ve algo, solo diga stop”. Lo bueno, si breve… Apenas entramos al parque nos aguarda un león joven, flaco y solitario que se ha separado de la manada. Los leones son perezosos, nos dice el ranger: éste espera, mira, cruza la ruta displicente. Misión cumplida.

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El leopardo, el más esquivo de los Cinco Grandes.
El leopardo, el más esquivo de los Cinco Grandes.

El safari transcurre como una dulce despedida. El grupo decide no hacer la parada intermedia y seguimos por caminos tranquilos, saludando mentalmente a cada uno de los animales que cruzamos. “Stop”, “stop”, nos interrumpe un grito ahogado. El ranger mira a los costados y sigue aún unos metros. “Leopard”, le precisa un pasajero desde los asientos traseros. Miramos a lo lejos, donde se suelen divisar los esquivos leopardos. No es el caso. Ella está cerca, se trata de una hembra justo al costado del camino. Contempla un menú de impalas, ñus y visones. Nuestro guía da aviso de las coordenadas a todos los camiones que recorren Pilanesberg conectados por radio y enseguida llegan más. Entonces ella tensa sus músculos y avanza rápido cruzando un camino de tierra, para esconderse detrás de otro arbusto donde espera dos, cinco, diez minutos. Los vehículos que van llegando ya no pueden verla. Nosotros debemos continuar la marcha. Casi al salir del parque, nos avisan por radio que nuestra leopardo se ha levantado de su escondite. Corre, pero los animales escapan. No hay almuerzo para ella ese día. Sí un delicioso postre de despedida para los que dejamos Pilanesberg habiendo visto a los cinco grandes y prometiendo volver.

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