Entre las formas más habituales de recorrer ciudades figuran las caminatas mapa en mano, o las visitas guiadas. Sin embargo, esta cronista no logra concebir solo estas alternativas y se inclina por descubrirlas de la mano de sus escritores. No importa cuál de las ciudades latinoamericanas visite; siguiendo los pasos de sus literatos más representativos descubriremos mundos donde la realidad y la ficción se mezclan como solo ellos han sabido contarnos.
CUENTOS BORGEANOS.
Buenos Aires ha servido como inspiración de notables escritores: desde Roberto Arlt, hasta Cortázar o Sábato, retrataron la metrópolis porteña. Pero sin duda, es Jorge Luis Borges quien nos la ha sabido contar magistralmente. Releyendo sus memorias y sus escritos de ficción es posible elaborar un itinerario que permitirá deshilvanar parte de la vida y la obra del Nobel que no fue.
El paseo comienza en el barrio de San Nicolás, donde nació el 24 de agosto de 1899, hijo de Leonor Acevedo y Jorge Guillermo Borges. La casa de Tucumán 838 que describe en sus memorias ya no existe: “Aquí nací yo, en el corazón de la ciudad, en la calle Tucumán, entre las calles Suipacha y Esmeralda, en una casa (como todas las de ese tiempo) pequeña y sin pretensiones, que pertenecía a mis abuelos maternos...”.
Luego el escenario se traslada a la calle Serrano 2135, barrio de Palermo. En 1996 un tramo de esta calle fue rebautizada Jorge Luis Borges en homenaje al ilustre vecino. La casa ya no existe, pero una placa señala el solar. En la misma manzana, la de la Fundación Mítica de Buenos Aires, pero sobre Thames, se encuentra la escuela donde cursó sus primeros años. Es imposible alejarse de allí sin, al menos, recordar algunas cuartetas de un famoso poema, “Fundación Mítica de Buenos Aires”, del libro “Cuaderno de San Martín” (1929): “Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”.
El itinerario continúa en dirección norte hacia el barrio de Recoleta: allí se muda la familia, a una vivienda de la avenida Presidente Manuel Quintana 222. En esta casa funcionó la sede del comité yrigoyenista de jóvenes intelectuales, en el que participaban Borges, Leopoldo Marechal, Raúl González Tuñón, Roberto Arlt y Macedonio Fernández.
Unos años más tarde, el escritor comienza a trabajar en la biblioteca Miguel Cané de Boedo¬: "Los innumerables libros y estanterías que aparecen en el cuento eran literalmente los que tenía bajo mi codo. Críticos ingeniosos se preocuparon por estas cifras y les confirieron generosamente un significado místico". De Ficciones, 1944.
A esta altura podemos imaginar a Borges caminando por las calles Chile o Tacuarí, esperando hallar a Estela Canto, su gran amor durante la década del 40. Por esos años, el escritor se mudó con su madre al 6˚ piso de Maipú 944. Mientras su ceguera avanzaba, ella lo acompañaba en sus viajes, leyéndole y tomando apuntes. Frente al departamento de la calle Maipú se encuentra la Librería de La Ciudad, de la que era cliente habitual y desde donde impulsaba una peña de amigos y admiradores. En este local se reconcilió con Sábato, luego de años de silencio.
La Biblioteca Nacional, que Borges dirigió por 18 años, desde 1955, funcionaba en México 564. Existen algunos pasajes de la literatura borgeana que la recuerdan: “En este punto se deshace mi sueño, como en el agua. / La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México…” “En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.”
En noviembre de 1985 participó de su última reunión pública en Buenos Aires, en la librería Casares, de Suipacha 521. Finalmente en 1986 murió de cáncer en Ginebra.
Para preservar vigente la memoria y la producción literaria, María Kodama, su ultima compañera, creó en 1988 la Fundación Jorge Luis Borges, cuya sede se localiza en Anchorena 1660 y comparte una pared medianera con la casa que habitó el escritor entre 1938 y 1943, donde escribió "Las Ruinas Circulares". De lunes a viernes, por la mañana, funciona el museo; quien se acerque hasta allí logrará un contacto íntimo con el universo del escritor.
“En aquel Buenos Aires, que me dejó, yo sería un extraño. Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos. Alguien casi idéntico a mí, alguien que no habrá leído esta página, lamentará las torres de cemento y el talado obelisco.”
AMADA BAHIA.
“¡Ah!, si amas a tu ciudad, si tu ciudad es Río, París, Londres o Leningrado, Venecia, la de los canales, o Praga, la de las viejas torres, Pekín o Viena no debes pasar por esta ciudad de Bahía porque un nuevo amor se prenderá en tu corazón.” (“Bahía de Todos los Santos, Guía de Calles y Misterios”, Jorge Amado, 1945.)
Atenta a que en la enumeración anterior el autor no menciona a Buenos Aires, esta cronista porteña hizo caso omiso a la advertencia y llegó a Salvador, capital del estado de Bahía.
Una vez allí, cualquier viajero podrá comprobar que Amado, a pesar de su omisión, estaba en lo cierto. Porque caminar por las calles del centro histórico –el Pelourinho– es sumergirse profundamente en la literatura de este bahiano nacido en 1912 en Itabuna y criado en Ilhéus, en el litoral del estado. Nadie ha descripto como él las gracias de la ciudad y, teniendo en cuenta lo prolífico de su obra, estas líneas proponen un recorrido por la ciudad que, según Amado, es “la célula madre de la cultura brasileña”.
Para comprender su espíritu es preciso acercarse a sus habitantes, que llevan el sello africano marcado no solo en el color de su piel, sino también en sus creencias religiosas, creando un sincretismo que se refleja inclusive en las innumerables iglesias que ostenta la ciudad. Muchas de ellas están enclavadas en el mismísimo Pelourinho, que debe su nombre al elemento con el que durante los siglos XVII y XVIII castigaban a los esclavos en la plaza José Alencar, a la vista de los transeúntes. Basta con encarar una caminata desde la Praça da Sé para observar los distintos estilos arquitectónicos que prevalecen en la catedral o dejarse sorprender por el oro que baña los interiores de la iglesia de San Francisco, como también observar con detenimiento los azulejos portugueses que recubren las paredes del patio.
Allí, en esas calles que suben y bajan al ritmo de los tambores bahianos, Amado situó algunos de los personajes emblemáticos de sus novelas. Sin duda, a quien camine embelesado no le costará imaginarlos entre la multitud que se mueve cadenciosa, o que asoma por los balcones coloridos de las construcciones, actualmente reconvertidas en pequeños albergues, bares o casas de artesanías. Uno de esos modestos alojamientos, el hotel Pelourinho, fue la pensión donde el joven escritor, recién llegado a Salvador en 1927, pasó algunas temporadas; una placa evoca este acontecimiento.
El autor logró valerse de esas experiencias para escribir una de sus primeras novelas, titulada “Sudor” (1934). Los personajes de Amado son los niños abandonados, los pobres, los negros, las mujeres trabajadoras, todos los huérfanos de la desigualdad social brasileña. Con ese elenco, envuelto en la religiosidad afro-bahiana, sus obras lograron ser universales. Así en “Capitanes de la Arena” (1937) describe, a través de una historia de amor, las peripecias de las bandas de niños que deambulan peligrosa y violentamente por las calles de Salvador.
Finalmente, la mundialmente conocida novela “Doña Flor y sus dos maridos” (1966) ha logrado mostrarle al mundo la belleza de la ciudad. Si bien es cierto que el libro fue un éxito, la versión cinematográfica (1976) inmortalizó los personajes y las mejores imágenes de Bahía. La historia narra la particular vida de Floripides Guimarães, –una excelsa cocinera bahiana viuda de Vadinho, un mujeriego, jugador y amante de la vida licenciosa–, quien luego de casarse en segundas nupcias con un respetable farmacéutico comienza a recibir las inesperadas y estimulantes visitas del fallecido. Esta novela tiene como escenario principal el Pelourinho: en una de sus calles, Largo da Palma, aún se conserva la fachada azulejada de la escuela de cocina “Sabor y Arte”, donde Flor vivía y daba sus clases. Si el viajero reconoce la propiedad, aguzando los sentidos podrá percibir el aroma de la moqueca que Doña Flor preparaba exclusivamente para Vadinho.
No lejos de allí, se eleva una inmensa construcción de color azul. Se trata de la Fundación Jorge Amado, un espacio que el escritor adquirió junto a su esposa, Zelia Gattai, a fin de preservar el acervo de su obra para investigadores, además de impulsar el desarrollo de actividades culturales en Bahía.
Más allá, en la ciudad baja, a la que se accede a través del original Elevador Lacerda, se encuentra el remozado Mercado Modelo, que Jorge Amado adoraba. Si el visitante levanta la vista, es posible que el inmenso mar lo conquiste para siempre. Como seguramente habrá de hacerlo la pluma del escritor, que falleció en 2001.Sus cenizas descansan en la que fue su casa durante 40 años en el barrio de Rio Vermelho. Y, al igual que sus personajes que regresaban del más allá, seguramente Amado sigue alimentando nuevas historias en las angostas calles de la ciudad.
EL REALISMO MAGICO HECHO CIUDAD.
"Me bastó dar un paso dentro de la muralla, para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer. " Con esta frase, el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez, intenta obsequiar al lector una imagen de Cartagena de Indias.
Así como cada quien la percibe a su manera, el escritor que la habitó durante gran parte de su vida también imaginó y ambientó en ella piezas fundamentales de su obra. Sobre todo en el casco histórico, que resiste cercado por una muralla construida para protegerla de los ataques piratas.
En esta ciudad, con su atmósfera de novela, se ha desarrollado un circuito turístico literario que recrea parte de la vida y obra del Premio Nobel de Literatura de 1982.
El emprendimiento forma parte del portfolio comercial de la empresa Tierra Magna, en conjunto con la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. El recorrido atraviesa 12 plazas y 12 calles principales de la ciudad y se complementa con un mapa y un audio –en cinco idiomas– que, además del relato, contiene efectos especiales de sonido. La Cartagena de García Márquez, “Historias Reales e Imaginarias” es el nombre de este paseo literario que acerca a los paseantes a la ciudad donde escribió y vivió García Márquez. El circuito consta de 35 puntos establecidos en una ruta-guía, donde los visitantes son parte de este encuentro con la literatura, y los nombres y los lugares mezclan ficción y realidad. Así es muy posible recordar su visita a Cartagena como un jugoso capítulo de novela.
Para los seguidores de García Márquez, el “Portal de los Escribanos” será uno de los sitios esperados dentro del recorrido: aquí en “El amor en los tiempos del cólera” (1986), Florentino Ariza declara su amor a Fermina Daza. El lugar se corresponde exactamente con el Portal de los Dulces, y para llegar hasta allí basta con atravesar la muralla por debajo de la Torre del Reloj y cruzar la Plaza de los Coches. Allí enfrente –fielmente reproducidos en esas páginas– están los soportales bajo los cuales los vendedores de dulces ofrecían las delicias que degustaba Fermina.
Justamente en la Plaza de los Coches comienza la tragedia de la protagonista de “Del amor y otros demonios”, mordida por un perro rabioso. El autor hace referencia al sitio como “El Portal de los Mercaderes”. "Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó las mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino..." (Del amor y otros demonios, 1994.)
Otro de los lugares emblemáticos en el que transcurren escenas de ambas novelas es la Plaza Fernández de Madrid frente a la cual habitaba Lorenzo Daza, el padre de Fermina en “El amor…”.
En ese mismo sector de la ciudad, en la calle de San Juan de Dios, estaba la redacción del diario El Universal, en el que trabajó García Márquez a fines de los años 40 y del que hoy solo queda el cartel y, muy cerca, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por el escritor.
En 1949 el entonces cronista de El Universal fue testigo de un hecho que lo inspiró para darle forma a “Del amor…” al advertir a unos obreros vaciando las criptas del convento de Santa Clara. De una de ellas cayó al piso el cráneo completo de una niña de larga cabellera. Esta escena le recordó la historia sobre una marquesita muerta a los 12 años mordida por un perro rabioso y venerada en el Caribe por sus milagros.
Ese fue el gen de “Del amor…”. Actualmente el convento se ha convertido en un hotel 5 estrellas en cuyo bar se dan cita aquellos seguidores del autor que intentan recrear sensaciones e imágenes generadas por la pieza literaria. “A la vuelta de una esquina les salió al paso el convento de Santa Clara, blanco y solitario, con tres pisos de persianas azules sobre el muladar de una playa" (Del amor y otros demonios).
Finalmente, en el Camellón de los Mártires, la plaza más extensa de Cartagena, tuvo lugar un episodio clave en la vida del escritor cuando confesó a su padre que jamás sería abogado (pese a que de momento estudiaba Derecho en la Universidad de Cartagena). El joven había decidido convertirse en escritor y su progenitor en respuesta a esta declaración de independencia le contestó: “¡Comerás papel!”. Y así fue. El joven ha sobrevivido con honores esta sentencia; a pesar de que su vida lo ha llevado lejos de Cartagena. Si su visita coincide con la estadía del escritor, no deje de acercarse a la calle del Curato de Santo Domingo esquina De la Martinica, donde una casa sencilla con altas palmeras es nada más ni nada menos que su paraíso personal frente al mar Caribe.
LAS MORADAS DEL POETA CHILENO.
Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto es el nombre con el que nació en Parral, una localidad del centro sur de Chile, el poeta Pablo Neruda. Su infancia transcurrió en Temuco, en el sur chileno, donde el joven escribió sus primeros artículos y poemas, publicados en diversos medios locales. Un cargo en el consulado fue su pasaporte para recorrer el mundo, comenzando por Buenos Aires, luego Lisboa, Madrid, París, Marsella, Singapur y Birmania. En 1936, Chile cierra su consulado en España y Neruda finalmente regresa a su patria.
Buscando un lugar donde aislarse para escribir “Canto General”, el poeta conoce un paraje costero llamado Las Gaviotas –a 100 km. de Santiago– que rebautizó como Isla Negra debido al color de sus roqueríos. En ese recóndito sitio con solo una cabaña de madera escribió: “La casa fue creciendo, como la gente, como los árboles…”. La casa de Isla Negra, inserta en el paisaje costero, imita la forma de un barco. Actualmente, convertida en museo, permite descubrir el universo personal de Neruda, y su faceta como coleccionista. Allí, donde abundan los mascarones de proa, las botellas de vidrio, caracolas marinas y otros objetos traídos de sus viajes por el mundo, Neruda produjo buena parte de “Canto General” como también obras dedicadas a este sitio como “Una casa en la arena” o “Memorial de Isla Negra”.
En “Disposiciones”, poema perteneciente a “Canto…”, expresa su último deseo: “Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada arena rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos perdidos/ no volverán a ver...,”.Su deseo se concretó, y allí descansa junto a Matilde Urrutia, su última esposa.
Además, quien visite la casa museo “La Chascona”, en Santiago, y recorra sus senderos al aire libre podrá observar bellos jardines con flores, estanques con peces de colores, y acceder al bar. Al lado se levanta el estudio: una mesa de trabajo, libros, fotografías, una chimenea y un caballo de mimbre en un rincón son los objetos que atesora este espacio que el poeta habitó a partir de 1955 cuando se mudó definitivamente a esta propiedad.
Más tarde en el afán de encontrar "una casita para vivir y escribir tranquilo", Neruda descubrió una propiedad en el cerro Florida, muy cerca del puerto de Valparaíso, y a la que bautizó “La Sebastiana” en homenaje a su primer propietario y constructor Sebastián Collado. La edificación quedó inconclusa por años hasta que el poeta, junto con la escultora Marie Martner y su esposo, la compraron y repartieron sus ambientes. El poeta tomó posesión del tercer y cuarto piso, además de la torre, que le ofrecía una vista privilegiada de la bahía de Valparaíso.
Dice Neruda en “La Sebastiana” incluido en el libro Plenos Poderes: “Yo establecí la casa. / La hice primero de aire. / Luego subí en el aire la bandera / y la dejé colgada del firmamento…”.
Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971, pasó allí su último fin de año, el de 1972. El siguiente 11 de septiembre se produjo en Chile un golpe de Estado, y el suicidio del presidente Salvador Allende. Días más tarde, el estado de salud del poeta que sufría cáncer se agravó, y el 23 murió en Santiago.
Con la recuperación de la democracia, la Fundación Pablo Neruda inició la restauración de la propiedad, y en 1992 reabrió sus puertas como casa museo para regocijo de los amigos y seguidores del poeta.
Las ciudades y las letras
Algunos escritores plantean imágenes de lugares o ciudades que devienen destinos turísticos y son comercializados como tales agregando a su geografía el atractivo de un nuevo significado como espacio cierto de lo imposible. El proceso tiene mucho de mágico y, como tal, soporta al menos una explicación racional y paradójica: la dimensión con la que percibimos el mundo exterior refleja nuestra inmensidad interior, dice Bachelard en la Poética del Espacio.
Así la Berlín de Döeblin, con su Alexanderplatz; la Cali de Andrés Caicedo; el San Petersburgo de Gogol solo podrían existir completamente en la mente de los personajes en ellas echados a rodar por sus creadores, en cuyas manos la ciudad deviene letra.
El escritor sabe que cuando una ciudad real desembarca en su obra no solo la describe. Su tarea es más grande: entretejer su propia historia con la que narra, y con esos lugares sobre los que descansarán las imágenes que le aseguran la cooperación del lector.
¿Por qué razón actual, desde qué imagen puesta en acción, nos habla la realidad de un texto y nos toca de cerca? Porque los grandes de la literatura demuestran su grandeza interior volcándola en las preguntas presentes en todos nosotros, tan del orden de lo inmenso y de lo íntimo que solo pueden cobrar realidad física sobre la grandeza ya inmensa, ya íntima, de la ciudad que las pone en abismo multiplicándolas al infinito: la búsqueda de respuestas también es un viaje. No se viaja sino para resolver interrogantes.
Esos destinos seguirán vivos mientras la mente del lector reviva la letra recorrida. Al descubrir personalmente lo vivo de la letra escrita sobre la carne viva de esa ciudad imaginada, el viajero completa el círculo cerrando el ciclo que se reinaugurará desde la letra de la próxima lectura.
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