Turismo y literatura

París: Rayuela, de Cortázar, en primera persona

Te mostramos las locaciones de la París de Rayuela en un nuevo aniversario de la novela clave de Julio Cortázar.

Imbuidos del espíritu lúdico que caracteriza a la novela Rayuela de Julio Cortázar, llegamos a París en busca de Horacio Oliveira y la Maga. Saltamos por los adoquines del Barrio latino y sus alrededores, conociendo los pasajes y los paisajes relacionados con el libro y visitamos cada una de las locaciones.

LLEGAMOS A FRANCIA.

Por un azar que no buscamos comprender, estábamos en Francia, precisamente en París. Durante una semana nos instalamos en nuestra propia buhardilla, sobre la explanada de rue Malebranche, cuarto piso por escalera y un techo oblicuo presto a los cabezazos.

Ése sería el cuartel general. Mapa, fibrón y libro (Alfaguara, edición crema), fijando coordenadas ante cada paseo, entre mañanas con pain au chocolat y noches de soupe à l’oignon y una radio de jazz milagrosamente captada.

Estábamos en París, como Horacio, como la Maga, como tantos. Quizá a diferencia de ellos, sabíamos lo que buscábamos. Pero no lo que íbamos a encontrar.

Con este espíritu fuimos tras sus huellas y armamos varios circuitos.

PARIS DEL PONT DES ARTS A LOS BOUQUINISTES

Basta asomarnos viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, para entrar en el mundo Rayuela. ¿Encontraríamos a la Maga? Cruzamos la calle, subimos los peldaños del puente y buscamos la silueta delgada sobre el Pont des Arts. La luz de ceniza y olivo se disipa ante el brillo metálico.

¿Seguiría siendo su puente hoy que cada pretil cobija una maraña incontable de candados? La nueva afición de los enamorados (expandida globalmente, la fuente de la Av. 18 de Julio y el Paseo Yi de Montevideo es un caso del Lado de Allá) consiste en sellar un artefacto con sus nombres y arrojar las llaves al fondo del río. Cabe pensar si el final de Horacio y la Maga hubiera sido distinto de haberse consagrado a este ritual o si en cambio desdeñarían hoy a sus ejecutores. Sin candados corazón H+LM a la vista, el puente peatonal ofrece a cada borde su panorama amplísimo, con un Sena que se ensancha antes de bifurcarse y rodear la Île de la Cité, y la cúpula del Institut de France a las espaldas.

Los puestos de los bouquinistes cubren la orilla izquierda del Sena.
Los puestos de los bouquinistes cubren la orilla izquierda del Sena.
Los puestos de los bouquinistes cubren la orilla izquierda del Sena.

Cruzamos y ponemos el pie por única vez en la orilla derecha, girando sobre el Quai de la Mégisserie, donde hay viveros y pocos negocios de peces voladores, con bocales resguardados de un sol inusual. En el siguiente puente entramos a la isla, nos metemos en el mercado de flores y enseguida la enorme mole Notre-Dame. Rodeamos su fachada, sus laterales de rosetones, arbotantes y gárgolas, hasta dar con la plaza trasera, donde Oliveira y Lucía solían juntarse.

Devueltos a la orilla izquierda es tiempo de visitar a los bouquinistes. Sus cajuelas llenas de libros se alinean junto al Sena, semejantes a ataúdes, gracia que Oliveira aprovechó una noche para escribir RIP sobre ellos con la ayuda de la nieve y un palito. Abiertos, el aire funerario se traslada a sus lápidas, con epitafios que emulan los títulos de grandes clásicos de la literatura francesa, en ediciones de bolsillo y a buen precio. Otros vendedores abusan de su fama vendiendo souvenires y llaveros de torres eiffeles a cinco por dos euros. Buscamos Marelle (la “Rayuela” versión francesa) infructuosamente y en su lugar conseguimos Tous les feux le feu. Habría que patear la piedra un poco más.

DEL LUXEMBOURG AL CLUB DE LA SERPIENTE

Atravesamos el Jardin de Luxembourg, pulmón del barrio latino donde oficinistas se reúnen en su horario de almuerzo a comerse una crêpe o un panini, lo mismo para los colegiales, entre el parquizado, las esculturas y los estanques frente al gran palacio.

Este verde distribuidor de calles da al carrefour de l’Odéon, donde Horacio y la Maga solían comer hamburguesas, pero que no hay que confundir con la cadena francesa de súper y minimercados (en todo caso se puede celebrar el equívoco comprando en el local sobre el boulevard Saint-Germain). Otro hito al pasar es 32 rue Madame (donde vivía el viejo escritor atropellado al comienzo del capítulo 22) mientras nos dirigimos a la rue du Cherche-Midi para ser testigos anacrónicos del primer encuentro de Oliveira y Lucía, interceptados a la salida de un café anónimo.

El Jardin de Luxembourg es el pulmón del barrio latino.
El Jardin de Luxembourg es el pulmón del barrio latino.
El Jardin de Luxembourg es el pulmón del barrio latino.

Entrando por la rue des Sèvres un enorme centauro de bronce, mérito del escultor César Baldaccini, nos recibe antes de volcarnos a nuestra misión. Cruzando de una vereda a la otra esperábamos a que La Maga saliera eyectada de algún escaparate, mientras analizábamos (tratábamos de intuir más bien) a cuál local habría concurrido aquella tarde. Sin encontrarla, pero cruzando a cuantiosos Rocamadour vernáculos en cochecito, nos preguntamos si acaso no se habría ido, si a estas horas no estaría reunida en casa de Babs y Ronald, escuchando departir a Horacio, Gregorovius y los otros.

Traspasamos la frontera abstracta hacia el septième arrondisement y nos internamos por la rue Vaneau hasta la rue de Babylone. Inspeccionamos las cuatro esquinas detenidamente hasta que vemos un edificio metido para adentro, sin balcones ni macetas y persianas arruinadas. No nos quedan dudas: el 43 rue de Babylone es la sede del Club de la Serpiente. No nos animamos a entrar (además, no nos sabemos el himno que sirve de mot de passe) pero en el corazón, esta vez, nos llevamos la certeza.

DE RUE DU SOMMERARD AL JARDIN DES PLANTES

La casa de Oliveira y la Maga sobre la rue du Sommerard es el escenario principal de aquella fatídica jornada en que el episodio parisino declinará irremediablemente. Por estas cuadras ya no hay gatos roñosos que la Maga pudiera acariciar, debido a que su proliferación es estrictamente controlada, política menos exitosa al tratarse de los clochards. De un lado está el Musée Cluny, dedicado a la historia y el arte medieval (incluso se conservan unas termas galo-romanas del siglo I) y del otro levantamos la vista, uno, dos, tres contamos… aquí todos los edificios son iguales, culminando en cinco pisos y buhardilla, mientras que en la novela se habla de un sexto habitado por un relojero.

Con una nueva incógnita en la libreta orientamos el mapa hacia la casa de Berthe Trépat, pasando por el Panteón, otro gran emblema del barrio latino. Hoy este mausoleo dedicado a los grandes hombres franceses (Rousseau, Voltaire y Victor Hugo entre los más sonados del otro lado del Atlántico) parece el último proyecto de la NASA mientras sufre una restauración expeditiva. Junto está la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, que viene ganando su lugar en guías de turismo por su rol en el filme Medianoche en París. Esperamos las campanadas y nada: entre los espíritus de los años 20 se habría corrido la bola de que nuestro interés en ellos es apenas tangencial.

Nuestra libreta es un aliado en esta misión.
Nuestra libreta es un aliado en esta misión.
Nuestra libreta es un aliado en esta misión.

El último capítulo del tablero de dirección señala el número 4 de la rue de l’Estrapade, casa de la malograda pianista. Pero donde la novela promete un departamento con balcón y un café en la esquina se erige el famoso liceo Henri-IV, donde estudiaron Michel Foucault y Jean-Paul Sartre, entre una parvada de intelectuales.

Algo confundidos por otro desengaño (¿el autor habría previsto que los lectores jugarían a encontrar todos estos sitios?), seguimos la marcha, cruzamos la place de la Contrescarpe, la rue des Monges y, mucho más tarde, llegamos al Jardin des Plantes.

Nos sentamos en un banco y volvimos a la memoria de los últimos días, a un recuento aplicado y minucioso de todo lo que habíamos conocido, y nos dijimos que al fin y al cabo no había sido tan idiota sentirnos contentos mientras caminábamos la ciudad en busca de los rastros de Horacio y la Maga. En esos días, aunque no recogimos pruebas concluyentes (porque la prueba concluyente es el barrio latino), con soberana libertad fuimos dibujando París, como si saliera de nuestros pies, y fuimos felices ante cada expectativa, cada vuelta de esquina.

Levantamos una hoja de plátano del parque y la ponemos dentro del libro. Hay que volver a casa.

Temas relacionados