Quién iba a pensar que uno de los pespuntes de la Ruta 40 incluiría a un nombre tan controvertido para los argentinos. Un nombre que en su primera mención nos abofetea con recuerdos de un período nefasto, allá por 1982, con la guerra de Malvinas atascada en la garganta. Pero que en sus siguientes menciones nos remite a tantas maravillas europeas y occidentales, como a "Strawberry fields for ever", de los Beatles, o al five o´clock tea . Pero a la vez, qué suerte que Londres, nuestra Londres de Catamarca, sea tan ajena a esos recuerdos e imágenes: tan desprovista de violencia o glamour, y a la vez tan atrapante.
Viniendo desde el sur, desde La Rioja, Catamarca es la primera provincia de la región Norte de la Ruta 40. Y precisamente en ese ingreso, una de las primeras poblaciones que hace su aparición en el camino es Londres: se trata de un apacible vergel cubierto de plantaciones de nogales y vides, un pueblo tranquilo y prolijo, enmarcado por montañas y cerros áridos.
Aquí no sólo el paisaje sacude al visitante. También la arquitectura comienza a jugar un rol preponderante, a partir de sus casitas bajas, las puertas en las ochavas, sus dos placitas arboladas con sus respectivas capillas, sus pequeños almacenes que de a ratos dan pinceladas de movimiento a la quietud imperante.
El viento Zonda es otro de los protagonistas en estas latitudes. Con su paso, poco a poco ha teñido las fachadas de las casas con un tono rosado que contrasta con el verde de los nogales.
Londres es la segunda ciudad fundada por los españoles en territorio local (la primera fue Santiago del Estero). El ibérico encargado de darle nombre fue el gobernador Juan Pérez de Zurita, en 1558, quien la bautizó así en homenaje a la reina de Inglaterra María Tudor, esposa del rey Felipe II de España.
Cerca de Londres se erigen las ruinas incas de El Shinkal, un conjunto arquitectónico de 21 ha. al pie de las sierras de Quimivil que, según se cree, fue habitado por los incas entre 1471 y 1536. Lo mejor del sitio es la vista panorámica desde una de sus dos pirámides, morros que servían como sitios de observación y contemplación.
La magia continúa en Belén.
A sólo 15 km. de Londres se ubica Belén, una pintoresca población del oeste catamarqueño, famosa por sus frutales y sus artesanías en ponchos de lana de vicuña y de llama.
Despuntó a principios del siglo XVII con el nombre de San Juan de Rivera y subsistió hasta 1667, cuando sus habitantes la abandonaron con motivo de un alzamiento diaguita. El 20 de diciembre de 1681, el presbítero Bartolomé de Olmos y Aguilera fundó la actual población, ubicada en pleno corazón de la Ruta 40 catamarqueña.
Con aproximadamente 12 mil habitantes, se erige en una zona de valles fértiles donde se cultiva nuez, uva, anís, comino, cereales, verduras y hortalizas.
Belén es también cuna del tejido autóctono catamarqueño. En este sentido, es recomendable visitar el local de Avar Saracho (calle Gral. Roca 144), donde se producen réplicas y recreaciones de piezas antiguas, y tejidos con diseños contemporáneos. Cuenta además con un pintoresco patio de comidas regionales.
Otro de los atractivos de Belén es el Museo Cóndor Huasi y el antiguo molino. Y también la calidez de su gente, que se plasma en los alrededores de la plaza, donde hay restaurantes, una carpa de artesanos y una variedad de espectáculos musicales.
Existen a su vez profundas quebradas aptas para las caminatas de aventura, ya que el valle en el que se asienta el poblado se encuentra enclavado en los pliegues de la serranía, lo que lo hace poseedor de un paisaje privilegiado.
Un arco iris llamado Tucumán.
A poco de andar se ingresa a territorio tucumano. En esta provincia, la Ruta 40 recorre apenas 55 km. regularmente pavimentados. Aunque, en realidad, la mejor opción en el recorrido es la de desviarse por el camino que pasa por Amaicha del Valle, ya que la 40 presenta algunos tramos de ripio y calamina viniendo desde Catamarca.
Amaicha del Valle se encuentra ubicada en el noroeste de la provincia, a 164 km. de San Miguel de Tucumán y a 2.200 msndm. Su particularidad es la de ofrecer sol los 365 días del año, con veranos calurosos e inviernos secos. Además, es un sitio lleno de historia precolombina, rodeado al oeste por la sierra de Quilmes y al este por las cumbres calchaquíes.
Amaicha fue poblada antes de la conquista española. Sus pobladores en su mayoría descienden de tribus indígenas, por lo tanto, aún subsisten los rasgos más importantes de la cultura diaguita.
La región también cautiva a los visitantes por la producción de exquisitos vinos caseros, alfajores, turrones y quesillos. Su plaza sencilla y silenciosa, la calidez de su gente y sus aires de pueblito de los valles convierten a Amaicha en uno de los mejores sitios a la vera de la 40.
Otra atracción de esta villa es la Fiesta Nacional de la Pachamama, que se realiza todos los años en febrero -en coincidencia con el Carnaval- y dura una semana. El último día se elige a la mujer más anciana del lugar, quien recibe el nombre y el legado de la Pachamama -la Madre Tierra-, a la cual representará durante todo un año hasta la próxima celebración.
No se puede seguir camino sin antes hacer un alto en las Ruinas de Quilmes. A escasos kilómetros de la Ruta 40, este imponente valle conserva valiosos restos de la brava cultura calchaquí. El paisaje de las sierras de Quilmes al oeste y el cordón Calchaquí al este confieren una identidad propia e inconfundible a esta vista.
La ciudadela, construida en la ladera del cerro Alto del Rey, puede ser recorrida a través de una visita guiada. Representa el último bastión de la resistencia aborigen ante el avance español. Los nativos claudicaron recién en 1667: tras esta derrota, unos 1.700 sobrevivientes indígenas fueron trasladados a pie hasta las proximidades de Buenos Aires (la actual ciudad de Quilmes), adonde llegaron apenas 400.
un paseo por el reino de Baco.
Con su diversidad de colores, Salta "la linda" hilvana a través de la Ruta 40 un collar de preciadas perlas. Esta carretera recorre 367 km. de la provincia, de los cuáles sólo 41 km. entre Tucumán y el pueblo de San Carlos; y otros 10 km. entre Cachi y Payogasta, tienen pavimento. El resto es de ripio.
La primera perla que aparece es Cafayate. Este pueblo se ha convertido en un lugar francamente turístico, y en el centro abundan restaurantes, hoteles y negocios con artesanías. Es tranquilo, surcado por brisas frescas y flanqueado por ríos, médanos, viñedos y plantaciones frutales.
Es por estas latitudes donde se cultiva una cepa del torrontés reconocida mundialmente, con la que se elaboran vinos de exquisito sabor, cuerpo y color.
Ubicada a 1.683 msndm, Cafayate es asiento además de numerosos artesanos que producen platería, tapices de logrado diseño, cestería y gran variedad de plantas medicinales.
Dado que el vino es la estrella que guía a Cafayate, sería una traición a la grandiosidad de ese pequeño terruño no probar sus exquisitos brebajes.
Un fino instinto de búsqueda de armonía entre belleza y producción puede conducirnos a un recorrido por la bodega José Luis Mounier. "Comenzamos aquí hace unos 12 años. En ese momento, no había en este terreno bodegas ni viñas, pero sí atesoraba mucha historia, una impactante naturaleza y una de las vistas más lindas de Cafayate", asegura Mercedes de Mounier, una de las titulares de la bodega.
En efecto, la belleza circundante sofoca. El azul sobre la cabeza impacta, ahí nomás, contra una montaña hecha de diminutos cristales verdes y plateados. El sol no para de rebotar y jugar sobre estos espejitos. Las viñas, prolijamente en fila, comienzan a abrir sus venas para sangrar un verde estoico. Sobre un pequeño llano se emplaza la casa, una elegante y modesta construcción de algún cuento de niños, con patio techado y columnas decoradas con pinturas que representan tallos de los viñedos.
En ese entorno, degustar los vinos de la bodega José Luis Mounier completa el círculo de placer. A cada trago de sus especialidades -Reserva, Finca Las Nubes, Torrontés, Rosado, Espumante-, el paladar vibra y los sentidos se despiertan rotundamente. Son, como a Mercedes les gusta definirlos, "vinos con pasión".
"Y cada año, para marzo, en la época de cosecha, realizamos la celebración `Vendimia en las Nubes´. Es un gran encuentro en el que abundan empanadas, asado, espectáculos folclóricos y mucho vino. Además, a quien lo desee le facilitamos los elementos para cosechar", indicó Mounier. En 2009, la celebración está prevista para el 15 de marzo, desde las 8.
El siguiente stop en el derrotero por la Ruta 40 es San Antonio de los Cobres. Este pueblo, conocido por ser la parada obligada del Tren a las Nubes, se encuentra a 3.774 m. sobre el nivel del mar. Se caracteriza por su típico aire de pueblo puneño, con su estación de tren y humildes casas de adobe, pero a la vez con el agregado de haberse transformado en parada obligada de los mineros que lo atraviesan con sus camiones.
El pueblo, solitario y dormido en medio de la aridez y las embestidas del viento, está situado en una desértica cavidad en la soledad de la Puna, no muy lejos de las Salinas Grandes.
Un océano blanco.
Ya adentrándonos en Jujuy, las Salinas Grandes son un manto blanco cuya inmensidad provoca vértigo. Esta planicie de sal es un paisaje único que invita a la contemplación y al silencio. Un verdadero mar blanco en medio de la Puna.
Se encuentran a 3.400 msndm, y ostentan una superficie de 210 km². Su existencia se debe a la evaporación de aguas saladas continentales de origen volcánico, que se formaron hace más de 5 millones de años.
Unos 80 km. separan a las Salinas Grandes de Abra Pampa, localidad situada a los pies del Huancar, un cerro cubierto de arenas blancas y un espejo de agua increíble habitado por flamencos.
Sobre el final, La Quiaca.
"Aquí son raras las tormentas. A mi derecha, el sol espléndido sobre colinas bajas; a mi izquierda, unas nubes bien algodón de Rubens. Atrás, el sol en rayos filtrando entre otras nubes. Adelante, una borrasca estrepitosa, las nubes negras, la lluvia que se ve, relámpagos y truenos. Aquí sí el tiempo está loco: lo que debería ser sucesivo se vuelve simultáneo.
-No, La Quiaca es un pueblo de paso. Acá la gente no se queda: viene y enseguida se va. Si hasta por eso nos conocen: todo el mundo sabe que existe La Quiaca porque está la frontera, porque pasan.
Ahora estoy en La Quiaca: he llegado a un extremo."
Fragmento de "El Interior", de Martín Caparrós.
Unos 73 km. por camino asfaltado conducen a La Quiaca. Esta ciudad de Argentina seduce, en primer lugar, por tratarse de un extremo: como se sabe, La Quiaca es una urbe fronteriza rodeada por dos ríos, uno de los cuales -el homónimo- marca el límite con Bolivia.
Aquí las construcciones se alzan en un valle rodeado de cerros y son, en su mayoría, de adobe revocado o de ladrillos.
Es recomendable pisar estas latitudes en febrero, cuando se realizan los festejos por el Carnaval. Y también hacerse una escapada al pueblo fronterizo boliviano de Villazón, llamativo por su activa vida comercial.
Otro sitio para visitar aquí es el yacimiento de Sansana, que ostenta una importante colección de materiales arqueológicos de la región.
He aquí el final de la 40. Y el principio de nuestro país. Un punto interesante para concluir el viaje y observar, en perspectiva, la infinidad de paisajes que atesora el territorio argentino, pero también sus más diversas realidades.
Alternativa: 40 X 9.
Tras recorrer ese desierto albino denominado Salinas Grandes, una óptima alternativa a la RN 40 es descender por la Ruta 52 hasta Purmamarca, ubicada cerca del empalme con la RN 9, para emprender desde allí un derrotero que llega hasta lo más recóndito del alma cultural norteña.
Purmamarca es un pueblito de una finitud que no supera una decena de manzanas de casas de adobe que, sin embargo, puede producir en los visitantes sensaciones que pueden extenderse de manera infinita en el tiempo. Tal es la belleza de este paraje tan reconocido por su cerro de los Siete Colores.
Alrededor de su única plaza se distribuye la vida local, donde se encuentra la iglesia erigida en 1648, el mercado de artesanías (desde tejidos hasta instrumentos musicales) y otros pocos negocios. El Paseo de los Colorados es la vuelta obligada a este pueblo, un circuito pedestre por detrás de la montaña que enseña todos los colores de la quebrada.
Yendo hacia el norte por la RN 9, sobre el río Huasamayo, se emplaza la capital arqueológica de Jujuy: Tilcara, una localidad que aun manteniendo mucho de lo original está algo más desarrollada para recibir al turismo, con restaurantes y alojamiento de buen nivel. Pero su aspecto distintivo reside en el Pucará de Tilcara, una antigua ciudad militar indígena, estratégicamente montada en un punto desde donde se domina una extensa zona del valle. Recorrer a pie esta zona de construcciones es ideal para retrotraerse a los tiempos de los antiguos pobladores. En el mismo predio se puede visitar el jardín botánico de altura, un espacio atiborrado de incontables especies de cactus vernáculos.
Humahuaca, que debe su nombre a los aborígenes omaguacas que ocupaban antiguamente la región, constituyó un importante centro comercial en la época de la colonia. Su iglesia en honor a Nuestra Señora de la Candelaria, que data de 1641, reúne obras del Cusco colonial, mientras que su cabildo sorprende con un gran reloj que cada mediodía descubre una imagen de tamaño natural de San Francisco Solano para que bendiga al poblado. Otras paradas obligadas son el Monumento a los Héroes de la Independencia y los museos Arqueológico y Folclórico, que muestran costumbres locales como la elaboración de chicha, los ritos del desentierro y entierro de carnaval.
Luego de pasar por estos tres emblemáticos pueblos norteños es posible continuar por la RN 9 que devuelve a los viajeros automáticamente a la RN 40 o atreverse a tomar una excursión a Iruya, ubicada hacia el noroeste, de vuelta en la provincia de Salta. Para llegar hasta allí se debe atravesar la Ruta Provincial 133, bordeando un paisaje montañoso de elevaciones eclécticas. Al final del sendero, la aldea color terracota se revela tal como en sus orígenes, donde la modernización nunca ha llegado, manteniendo su particular halo mágico de puro encanto norteño.
Viniendo desde el sur, desde La Rioja, Catamarca es la primera provincia de la región Norte de la Ruta 40. Y precisamente en ese ingreso, una de las primeras poblaciones que hace su aparición en el camino es Londres: se trata de un apacible vergel cubierto de plantaciones de nogales y vides, un pueblo tranquilo y prolijo, enmarcado por montañas y cerros áridos.
Aquí no sólo el paisaje sacude al visitante. También la arquitectura comienza a jugar un rol preponderante, a partir de sus casitas bajas, las puertas en las ochavas, sus dos placitas arboladas con sus respectivas capillas, sus pequeños almacenes que de a ratos dan pinceladas de movimiento a la quietud imperante.
El viento Zonda es otro de los protagonistas en estas latitudes. Con su paso, poco a poco ha teñido las fachadas de las casas con un tono rosado que contrasta con el verde de los nogales.
Londres es la segunda ciudad fundada por los españoles en territorio local (la primera fue Santiago del Estero). El ibérico encargado de darle nombre fue el gobernador Juan Pérez de Zurita, en 1558, quien la bautizó así en homenaje a la reina de Inglaterra María Tudor, esposa del rey Felipe II de España.
Cerca de Londres se erigen las ruinas incas de El Shinkal, un conjunto arquitectónico de 21 ha. al pie de las sierras de Quimivil que, según se cree, fue habitado por los incas entre 1471 y 1536. Lo mejor del sitio es la vista panorámica desde una de sus dos pirámides, morros que servían como sitios de observación y contemplación.
La magia continúa en Belén.
A sólo 15 km. de Londres se ubica Belén, una pintoresca población del oeste catamarqueño, famosa por sus frutales y sus artesanías en ponchos de lana de vicuña y de llama.
Despuntó a principios del siglo XVII con el nombre de San Juan de Rivera y subsistió hasta 1667, cuando sus habitantes la abandonaron con motivo de un alzamiento diaguita. El 20 de diciembre de 1681, el presbítero Bartolomé de Olmos y Aguilera fundó la actual población, ubicada en pleno corazón de la Ruta 40 catamarqueña.
Con aproximadamente 12 mil habitantes, se erige en una zona de valles fértiles donde se cultiva nuez, uva, anís, comino, cereales, verduras y hortalizas.
Belén es también cuna del tejido autóctono catamarqueño. En este sentido, es recomendable visitar el local de Avar Saracho (calle Gral. Roca 144), donde se producen réplicas y recreaciones de piezas antiguas, y tejidos con diseños contemporáneos. Cuenta además con un pintoresco patio de comidas regionales.
Otro de los atractivos de Belén es el Museo Cóndor Huasi y el antiguo molino. Y también la calidez de su gente, que se plasma en los alrededores de la plaza, donde hay restaurantes, una carpa de artesanos y una variedad de espectáculos musicales.
Existen a su vez profundas quebradas aptas para las caminatas de aventura, ya que el valle en el que se asienta el poblado se encuentra enclavado en los pliegues de la serranía, lo que lo hace poseedor de un paisaje privilegiado.
Un arco iris llamado Tucumán.
A poco de andar se ingresa a territorio tucumano. En esta provincia, la Ruta 40 recorre apenas 55 km. regularmente pavimentados. Aunque, en realidad, la mejor opción en el recorrido es la de desviarse por el camino que pasa por Amaicha del Valle, ya que la 40 presenta algunos tramos de ripio y calamina viniendo desde Catamarca.
Amaicha del Valle se encuentra ubicada en el noroeste de la provincia, a 164 km. de San Miguel de Tucumán y a 2.200 msndm. Su particularidad es la de ofrecer sol los 365 días del año, con veranos calurosos e inviernos secos. Además, es un sitio lleno de historia precolombina, rodeado al oeste por la sierra de Quilmes y al este por las cumbres calchaquíes.
Amaicha fue poblada antes de la conquista española. Sus pobladores en su mayoría descienden de tribus indígenas, por lo tanto, aún subsisten los rasgos más importantes de la cultura diaguita.
La región también cautiva a los visitantes por la producción de exquisitos vinos caseros, alfajores, turrones y quesillos. Su plaza sencilla y silenciosa, la calidez de su gente y sus aires de pueblito de los valles convierten a Amaicha en uno de los mejores sitios a la vera de la 40.
Otra atracción de esta villa es la Fiesta Nacional de la Pachamama, que se realiza todos los años en febrero -en coincidencia con el Carnaval- y dura una semana. El último día se elige a la mujer más anciana del lugar, quien recibe el nombre y el legado de la Pachamama -la Madre Tierra-, a la cual representará durante todo un año hasta la próxima celebración.
No se puede seguir camino sin antes hacer un alto en las Ruinas de Quilmes. A escasos kilómetros de la Ruta 40, este imponente valle conserva valiosos restos de la brava cultura calchaquí. El paisaje de las sierras de Quilmes al oeste y el cordón Calchaquí al este confieren una identidad propia e inconfundible a esta vista.
La ciudadela, construida en la ladera del cerro Alto del Rey, puede ser recorrida a través de una visita guiada. Representa el último bastión de la resistencia aborigen ante el avance español. Los nativos claudicaron recién en 1667: tras esta derrota, unos 1.700 sobrevivientes indígenas fueron trasladados a pie hasta las proximidades de Buenos Aires (la actual ciudad de Quilmes), adonde llegaron apenas 400.
un paseo por el reino de Baco.
Con su diversidad de colores, Salta "la linda" hilvana a través de la Ruta 40 un collar de preciadas perlas. Esta carretera recorre 367 km. de la provincia, de los cuáles sólo 41 km. entre Tucumán y el pueblo de San Carlos; y otros 10 km. entre Cachi y Payogasta, tienen pavimento. El resto es de ripio.
La primera perla que aparece es Cafayate. Este pueblo se ha convertido en un lugar francamente turístico, y en el centro abundan restaurantes, hoteles y negocios con artesanías. Es tranquilo, surcado por brisas frescas y flanqueado por ríos, médanos, viñedos y plantaciones frutales.
Es por estas latitudes donde se cultiva una cepa del torrontés reconocida mundialmente, con la que se elaboran vinos de exquisito sabor, cuerpo y color.
Ubicada a 1.683 msndm, Cafayate es asiento además de numerosos artesanos que producen platería, tapices de logrado diseño, cestería y gran variedad de plantas medicinales.
Dado que el vino es la estrella que guía a Cafayate, sería una traición a la grandiosidad de ese pequeño terruño no probar sus exquisitos brebajes.
Un fino instinto de búsqueda de armonía entre belleza y producción puede conducirnos a un recorrido por la bodega José Luis Mounier. "Comenzamos aquí hace unos 12 años. En ese momento, no había en este terreno bodegas ni viñas, pero sí atesoraba mucha historia, una impactante naturaleza y una de las vistas más lindas de Cafayate", asegura Mercedes de Mounier, una de las titulares de la bodega.
En efecto, la belleza circundante sofoca. El azul sobre la cabeza impacta, ahí nomás, contra una montaña hecha de diminutos cristales verdes y plateados. El sol no para de rebotar y jugar sobre estos espejitos. Las viñas, prolijamente en fila, comienzan a abrir sus venas para sangrar un verde estoico. Sobre un pequeño llano se emplaza la casa, una elegante y modesta construcción de algún cuento de niños, con patio techado y columnas decoradas con pinturas que representan tallos de los viñedos.
En ese entorno, degustar los vinos de la bodega José Luis Mounier completa el círculo de placer. A cada trago de sus especialidades -Reserva, Finca Las Nubes, Torrontés, Rosado, Espumante-, el paladar vibra y los sentidos se despiertan rotundamente. Son, como a Mercedes les gusta definirlos, "vinos con pasión".
"Y cada año, para marzo, en la época de cosecha, realizamos la celebración `Vendimia en las Nubes´. Es un gran encuentro en el que abundan empanadas, asado, espectáculos folclóricos y mucho vino. Además, a quien lo desee le facilitamos los elementos para cosechar", indicó Mounier. En 2009, la celebración está prevista para el 15 de marzo, desde las 8.
El siguiente stop en el derrotero por la Ruta 40 es San Antonio de los Cobres. Este pueblo, conocido por ser la parada obligada del Tren a las Nubes, se encuentra a 3.774 m. sobre el nivel del mar. Se caracteriza por su típico aire de pueblo puneño, con su estación de tren y humildes casas de adobe, pero a la vez con el agregado de haberse transformado en parada obligada de los mineros que lo atraviesan con sus camiones.
El pueblo, solitario y dormido en medio de la aridez y las embestidas del viento, está situado en una desértica cavidad en la soledad de la Puna, no muy lejos de las Salinas Grandes.
Un océano blanco.
Ya adentrándonos en Jujuy, las Salinas Grandes son un manto blanco cuya inmensidad provoca vértigo. Esta planicie de sal es un paisaje único que invita a la contemplación y al silencio. Un verdadero mar blanco en medio de la Puna.
Se encuentran a 3.400 msndm, y ostentan una superficie de 210 km². Su existencia se debe a la evaporación de aguas saladas continentales de origen volcánico, que se formaron hace más de 5 millones de años.
Unos 80 km. separan a las Salinas Grandes de Abra Pampa, localidad situada a los pies del Huancar, un cerro cubierto de arenas blancas y un espejo de agua increíble habitado por flamencos.
Sobre el final, La Quiaca.
"Aquí son raras las tormentas. A mi derecha, el sol espléndido sobre colinas bajas; a mi izquierda, unas nubes bien algodón de Rubens. Atrás, el sol en rayos filtrando entre otras nubes. Adelante, una borrasca estrepitosa, las nubes negras, la lluvia que se ve, relámpagos y truenos. Aquí sí el tiempo está loco: lo que debería ser sucesivo se vuelve simultáneo.
-No, La Quiaca es un pueblo de paso. Acá la gente no se queda: viene y enseguida se va. Si hasta por eso nos conocen: todo el mundo sabe que existe La Quiaca porque está la frontera, porque pasan.
Ahora estoy en La Quiaca: he llegado a un extremo."
Fragmento de "El Interior", de Martín Caparrós.
Unos 73 km. por camino asfaltado conducen a La Quiaca. Esta ciudad de Argentina seduce, en primer lugar, por tratarse de un extremo: como se sabe, La Quiaca es una urbe fronteriza rodeada por dos ríos, uno de los cuales -el homónimo- marca el límite con Bolivia.
Aquí las construcciones se alzan en un valle rodeado de cerros y son, en su mayoría, de adobe revocado o de ladrillos.
Es recomendable pisar estas latitudes en febrero, cuando se realizan los festejos por el Carnaval. Y también hacerse una escapada al pueblo fronterizo boliviano de Villazón, llamativo por su activa vida comercial.
Otro sitio para visitar aquí es el yacimiento de Sansana, que ostenta una importante colección de materiales arqueológicos de la región.
He aquí el final de la 40. Y el principio de nuestro país. Un punto interesante para concluir el viaje y observar, en perspectiva, la infinidad de paisajes que atesora el territorio argentino, pero también sus más diversas realidades.
Alternativa: 40 X 9.
Tras recorrer ese desierto albino denominado Salinas Grandes, una óptima alternativa a la RN 40 es descender por la Ruta 52 hasta Purmamarca, ubicada cerca del empalme con la RN 9, para emprender desde allí un derrotero que llega hasta lo más recóndito del alma cultural norteña.
Purmamarca es un pueblito de una finitud que no supera una decena de manzanas de casas de adobe que, sin embargo, puede producir en los visitantes sensaciones que pueden extenderse de manera infinita en el tiempo. Tal es la belleza de este paraje tan reconocido por su cerro de los Siete Colores.
Alrededor de su única plaza se distribuye la vida local, donde se encuentra la iglesia erigida en 1648, el mercado de artesanías (desde tejidos hasta instrumentos musicales) y otros pocos negocios. El Paseo de los Colorados es la vuelta obligada a este pueblo, un circuito pedestre por detrás de la montaña que enseña todos los colores de la quebrada.
Yendo hacia el norte por la RN 9, sobre el río Huasamayo, se emplaza la capital arqueológica de Jujuy: Tilcara, una localidad que aun manteniendo mucho de lo original está algo más desarrollada para recibir al turismo, con restaurantes y alojamiento de buen nivel. Pero su aspecto distintivo reside en el Pucará de Tilcara, una antigua ciudad militar indígena, estratégicamente montada en un punto desde donde se domina una extensa zona del valle. Recorrer a pie esta zona de construcciones es ideal para retrotraerse a los tiempos de los antiguos pobladores. En el mismo predio se puede visitar el jardín botánico de altura, un espacio atiborrado de incontables especies de cactus vernáculos.
Humahuaca, que debe su nombre a los aborígenes omaguacas que ocupaban antiguamente la región, constituyó un importante centro comercial en la época de la colonia. Su iglesia en honor a Nuestra Señora de la Candelaria, que data de 1641, reúne obras del Cusco colonial, mientras que su cabildo sorprende con un gran reloj que cada mediodía descubre una imagen de tamaño natural de San Francisco Solano para que bendiga al poblado. Otras paradas obligadas son el Monumento a los Héroes de la Independencia y los museos Arqueológico y Folclórico, que muestran costumbres locales como la elaboración de chicha, los ritos del desentierro y entierro de carnaval.
Luego de pasar por estos tres emblemáticos pueblos norteños es posible continuar por la RN 9 que devuelve a los viajeros automáticamente a la RN 40 o atreverse a tomar una excursión a Iruya, ubicada hacia el noroeste, de vuelta en la provincia de Salta. Para llegar hasta allí se debe atravesar la Ruta Provincial 133, bordeando un paisaje montañoso de elevaciones eclécticas. Al final del sendero, la aldea color terracota se revela tal como en sus orígenes, donde la modernización nunca ha llegado, manteniendo su particular halo mágico de puro encanto norteño.

